Psicoterapia – Territorio conquistado

Autora: Loren Fernandez

TERRITORIO CONQUISTADO

La mujer parece encogida en el sillón de la consulta, como si temiera molestar cada vez que

 se mueve. No puede quejarse de su vida, dice. Tiene trabajo fijo, unos hijos adolescentes que no dan problemas, unos padres que aún se valen por sí mismos, buena salud para sus cuarenta y cinco años. Y un matrimonio sólido, de veinte. Pero ella se siente derrotada. Vacía.

Le cuenta al psicólogo que a veces se mete en la cama después del trabajo. Sin comer, tan cansada que ni hambre. Agotada por dentro. Como un limón sin zumo. Cuando oye abrirse la puerta de la calle se siente mal, por no alegrarse de la llegada de su marido.

-¿Otra vez en la cama?- dice él- No me gusta verte así, no tienes motivos. No haces ningún esfuerzo por animarte. ¿Para qué estamos pagando un psicólogo?

En esos momentos, la mujer piensa que en lugar de gastarse el dinero en terapia deberían comprarse el coche nuevo que su marido dice que necesitan. A veces no sabe qué piensa ella, qué piensa él.

-¿No tienes derecho a gastar dinero en sentirte bien? –le pregunta el psicólogo.

La mujer se encoje de hombros como si todo diera lo mismo.

-No soy una buena madre, una buena hija, una buena esposa. Es simple, soy una loca egoísta. Si yo no existiera, ellos serían más felices.

-Eso que dices suena muy fuerte ¿Por qué no eres una buena madre?

-Uf, por mil cosas. Por ejemplo, cuando el niño era pequeño mi marido se levantaba por las noches más veces que yo. Le parecía muy raro, él pensaba que las madres tenemos un instinto que nos hace despertarnos cuando nuestros bebés lloran y acabé pensándolo yo también. No tengo ese instinto.

-Eso parece una idea particular de tu marido. ¿Tú piensas que tienes que estar programada para escuchar llorar a tu hijo por ser mujer? ¿No es posible que hagas otras muchas cosas buenas por ellos?

La mujer calla. Lleva tres meses en terapia. A estas alturas es consciente de que rumia demasiado lo que hace mal y suele olvidar lo que hace bien. Pero aún le cuesta decir cosas buenas de sí misma. Encontrarlas. Aceptarlas. Sobre todo cuando su marido no las valora. Y no es que no le diga en ocasiones lo guapa, lo lista, lo trabajadora que es. A lo mejor es ella quien se pasa de sensible, piensa, si le duele que en una reunión su marido se burle porque están hablando de un político y ella lo confunde con un futbolista. Su marido es muy gracioso, nadie se toma a mal sus bromas.

-¿Y por qué no ibas a tener derecho a que te sentara mal? ¿Has intentado decírselo?

La mujer se muerde el labio y afirma levemente con la cabeza.

-De todas formas –contesta-, cada vez me apetece menos salir, me aburren esas reuniones, no sé de qué hablar ni con quién, son todo amigos o compañeros de él.

-¿No tenéis amigos comunes? ¿No sales nunca con amigos tuyos?

La mujer tarda un poco en responder. A veces le cuesta entender cómo ha llegado a ciertas situaciones. O encontrar razones para justificarlas. Para justificar al hombre.

-Quedaba con un grupo de amigas, algunas divorciadas y, bueno, yo no pegaba ahí mucho, tiene razón mi marido, están un poco locas y siempre criticando a los hombres. Con mis amigos de cuando el instituto, salíamos juntos las parejas, pero mi marido estaba celoso de uno que fue novio mío; es normal que esté celoso, me quiere mucho –Calla un momento, como esperando una opinión. Suspira-. Echo de menos a mis amigos, hace treinta años que nos conocíamos, pero no me compensa si mi marido se siente mal. Después de todo, si antes pasábamos las vacaciones con ellos, ahora reserva un viaje romántico para los dos.

Una aguja y un bálsamo. Pequeños pinchazos, horadando la piel que se vuelve insensible poco a poco.

-Entonces, ¿a qué te dedicas, cuando tienes un rato libre para ti? Nunca hemos hablado de tus aficciones, esas cosas que te gustan o que sabes que se te dan bien.

-¿Un rato para mí? ¡Yo no tengo de eso! Quise hacerme voluntaria de la Cruz Roja. No pude ni terminar el cursillo. Mi marido me llamó por teléfono y me dijo que la niña tenía fiebre y que más valía que se ocupase de mi familia que de unos extraños.

La mujer sonríe para quitarle importancia, pero no puede evitar las lágrimas al borde de los ojos. Lágrimas de rabia o de vergüenza. No lo sabe muy bien. Porque le da vergüenza sentir rabia. O, tal vez, ahora que lo cuenta se hace consciente y le da rabia sentir vergüenza. La atención de otro, que le ayuda a escucharse. La mirada del otro que le ayuda a ver.

-Parece que eso te dolió –dice acercándola un pañuelo-. Y es algo muy bonito ese deseo tuyo de ayudar a los demás. Me contaste que tu marido jugaba al tenis. ¿No podrías explicarle que tú también necesitas hacer algo?

-¡Uf! –La mujer se seca los ojos- Ya no tengo fuerzas para discutir. Él comienza a levantar la voz, y yo a dudar de mí misma. Y luego viene ese no escuchar, como si hablara con la pared, y la mirada tan parecida a la de mi padre, y el silencio como un cuchillo. Y la cara que me pone…como si no le quisiera a él ni a mis hijos.

-Pero tú sabes que los quieres, ¿verdad? Y si te permites quererte más, si estás más a gusto contigo misma, ¿no será mejor para todos? Si algo te duele y te hace sentir mal ¿No tienes derecho a pelear para que sea distinto?

-¿Y qué voy a hacer? Una no va a divorciarse porque su marido le levante la voz si se queman las lentejas. O porque no le pregunte por el bultito en el pecho. O porque ve que le entra el mensaje de otra mujer en el móvil y la llame histérica si pregunta quién es.

-¿No tienes derecho a negarte a que te traten mal?

La mujer levanta la cabeza y arquea las cejas. Enumera con los dedos:

-Mi marido me quiere. Nunca me ha puesto la mano encima. No se emborracha. Adora a sus hijos, trabaja mucho, pasa la aspiradora, me lleva a cenar algún sábado. No sé por qué le das tanta importancia a lo que te cuento. Ni que fuera una mujer maltratada.

-¿Estás segura de que no lo eres?

Entender que ha ido dejando que su marido conquistara todos los territorios de su vida, una guerra de sumisión, un maltrato sutil, tal vez sin voluntad de hacer daño, pero que ha conseguido anularla. Colonizarla. Y ahora tendrá que reconquistar esos territorios uno a uno. Será duro y será lento. Pero comienza a entender que esa colonización es lo que le tiene molido el ánimo y el cuerpo. Así que no tiene mucho que perder. Solo es un cambio de batalla. De estrategias: las que aprende en terapia. Sentir que el desprecio del hombre no hiere tanto, si ella sabe que no lo merece. Liberarse, como un país sometido.

De vuelta a casa, la mujer se ha echado en la cama para descansar y pensar. Oye abrirse la puerta de la calle. Es su marido. Ella hubiese preferido que llegase hoy más tarde. Pero ya no le crea confusión ni culpa ese sentimiento. Algo ha cambiado y ya no podrá volver a ser como antes. A veces aún por fuera, pero ya menos por dentro.

-¿Otra vez en la cama? Yo creo que ir ese psicólogo te está poniendo peor.

El hombre se sienta en la cama, hace una caricia a la mujer en el pelo, la besa, suspira con disgusto. Se desata los cordones de los zapatos mientras dice:

-Al menos irás a por los chicos al instituto, ¿no? Te conviene salir. ¡Ah! Y a la vuelta compra leche, que no te has dado cuenta de que se ha terminado, cabecita loca.

Podría pedir al hombre que fuese a recoger a los chicos a ese instituto de las afueras en el que se empeñó en matricularles, o que se compre él la leche que desayuna. Podría. Puede.

-Cariño, hoy vas a tener que encargarte tú de eso. Tengo que hacer una tarea que me han mandado en terapia. Si no la hago, estamos tirando el dinero. Seguro que lo comprendes.

Tal vez el hombre no lo comprenda. Pero la mujer ha dado el primer paso fuera de la trinchera. Y eso lo comprenden hoy los dos.

Dependencia o Independencia

Autora: Loren Fernandez

 I

Creí que Carlos era el hombre de mi vida. Que esta vez había acertado. Ahora, después de un año juntos, me dice que no quiere ataduras. Que me pongo muy pesada con eso del compromiso. Que no hace falta que pasemos todos los fines de semana juntos ni que estemos llamándonos por teléfono cada día. Sí, no sé, tal vez tenga razón. La libertad y esas cosas. Yo no quiero que se sienta obligado a nada, pero estoy cerca de los treinta y me gustaría tener una pareja con la que hacer proyectos. Formar una familia. Sentirme segura. Él dice que eso son tópicos, lo que se espera de mí, no lo que yo deseo de verdad. Sí, puede ser. Me gustaría, al menos, sentir que me quiere tanto como yo a él.

Mi madre me mira con gesto torcido. “Ya te lo decía yo; ese hombre es de los que se cree el centro del mundo, otro que te u

tiliza y luego te deja tirada como un trapo”. Mi madre me dice eso, porque es lo que le ocurrió a ella. A nosotras. Y porque me conoce bien. Le gustaría que yo fuese como mi hermana Paula, que tiene dos hijos y una peluquería y un marido que es como un perro faldero. Pero aquí la perrilla faldera soy siempre yo.

El viernes Carlos estuvo en casa. Tuvimos una bronca por culpa de una multa que le pusieron con mi coche. Dice que soy

una mujer preciosa y dulce, pero que me pongo histérica con cualquier tontería y eso le aleja de mí. Espero que se le pase el enfado: durmió conmigo y

el sexo suele aplacarle, unirnos de nuevo. Le despedí en la puerta con un “No me dejes nunca”;”Te llamo mañana, gatita”, me contestó.

El resto del fin de semana me lo pasé sola en casa, viendo series y comiendo helado de chocolate, por si él llamaba a la puerta de nuevo. Ya no me fío del teléfono. De que no esté estropeado el mío, de que no se haya quedado sin cobertura el suyo. Porque ni el teléfono ni el wassap han sonado. Bueno, llamó Marta por si quería irme al cine con ellas. Yo mentí, le dije que había quedado con Carlos.

Me dio vergüenza confesar que estoy otra vez colgada de un hombre. Sufro, pero ¿acaso el amor no es eso? ¿Darlo todo incondicionalmente? ¿Sufrir y esperar a que él se dé cuenta de que me necesita, porque nadie le querrá como yo? ¿No es mejor el sexo después de una reconciliación? ¿No es esto pasión? Eso escucho en todas las canciones aquí, echada en el sofá, sin fuerzas para desayunar, vestirme y coger el coche para ir a la oficina. El lunes ha amanecido, pero yo no.

II

Mi hermana me ha convencido de ir a terapia. Está preocupada porque teme que me echen del trabajo y porque he engordado diez kilos. En el fondo me tiene envidia: ella nunca ha sentido lo que es un amor como este.

El terapeuta me dice que va a acompañarme en el duelo. ¿El duelo? ¿Qué duelo? Yo no he perdido a Carlos. No del todo. Lo que quiero del psicólogo es que me diga qué he hecho mal para alejarle de mí, qué debo hacer para que regrese. O que me ayude a que no me importe que Carlos solo me busque ya para echar un polvo (cuándo, dónde y como quiere), pedirme el coche o que le diga lo maravilloso que es. O, como mínimo, que me dé algún remed

io para sacármelo de la cabeza cuando el dolor es insoportable, aunque sea a golpes contra la pared.

 III

Van pasando los meses y lo que tengo ya con Carlos son migajas que no se le darían ni a un perro. El terapeuta me dice que, simplemente, ahora me doy cuenta de que lo son, porque me valoro más. Sé que merezco más. Me doy cuenta de que si alguien te quiere no te hace sufrir. Si me quisiera habría respetado mi súplica: no llamarme más. Romper este ciclo interminable. Me llama con la excusa de saber si estoy mejor. Luego tiende sus redes. Un café en el parque. Una cena por los viejos tiempos. Terminamos en la cama y  yo, al día siguiente, más hundida aún en mi soledad. En el sentimiento de ser un trapo. Prisionera.

He vuelto a salir con Marta y las otras chicas. Ahora sé que cuando me dicen “No seas tonta y mándale a la mierda”, no me están juzgando. Me están diciendo que en mí hay también una mujer inteligente y fuerte que sabe lo que le conviene y lo que no; y que ellas estarán allí para apoyarme. Incluso cuando vuelvo a caer. Creen en mí como Carlos nunca creyó. La verdad, yo también comienzo a creer en mí. Y a no avergonzarme por sentir lo que siento.

Hoy he borrado su número de teléfono y he bloqueado su wassap. Camino más erguida, como si me hubiese quitado una losa de la espalda. Me ha temblado el pulso, claro. No sé cómo va a reaccionar él. ¿Con burlas? ¿Indignado? ¿Como víctima? Tengo miedo a cualquier cosa. Puede que las utilice todas. O la simple indiferencia. Pero ya he aprendido en terapia a desmontar cada uno de esos miedos. A saber que tengo derecho a tener una relación como la que yo desee tener, sin sentirme culpable por no pensar lo mismo que él.

Con el teléfono, he cortado la última cuerda. Hoy me siento libre. Sí, mañana volveré a llorar, cuando me dé cuenta de que le he echado definitivamente de mi vida y sienta de nuevo la soledad, el síndrome de abstinencia, la antigua necesidad de sufrir para amar. Un camino duro. Pero más duro es seguir sufriendo indefinidamente. Ahora sé que merezco amor, y que amor no es dolor. Y voy comenzando a quererme yo misma casi lo suficiente como para nutrirme.

Tal vez sea el momento de empezar con ese duelo. ¿Vamos allá?

IV

En julio estuve con mis amigas en París. El día catorce me di cuenta de que llevaba veinticuatro horas sin pensar en Carlos. Lo celebramos con agua con burbujas, que el champán está allí imposible. Y, no sé por qué, decidí vender el coche y comprarme una moto.

Esta tarde volvía del trabajo cuando le he visto. Parado delante del portal. Paseando impaciente arriba y abajo. Más de un año sin verle. He parado la moto en la acera, sin decidir si quitarme el casco o no. Las piernas me temblaban y no podía respirar. El amor y el dolor pasados se enredaban formando un nudo en mi estómago. He vuelto a arrancar la moto y he tirado calle arriba, con lágrimas de rabia, por no haber sido capaz de enfrentarme a él.

Me paro bien lejos, en el parque del río. Me quito el casco, respiro a pleno pulmón, me tumbo en la hierba… y me echo a reír, con una carcajada fresca y valiente que me deshace la angustia. Claro que me he enfrentado: He sido capaz de no echar a correr hacia sus brazos… ¡si no en dirección contraria!

La tristeza es una herida, un vacío, una culpa

Autora: Loren Fernandez

Hola, José Luis ¿Te acuerdas de mí? Soy Sara.

Nos conocimos el año pasado, en la consulta del psiquiatra. Yo estaba tan perdida, tenía tanto miedo, vergüenza, dolor, todo junto, que te conté mi vida en cuanto me dijiste “Hola, ¿qué tal?”. Como si alguien que está esperando para que le vea el psiquiatra no tuviese ya bastante con lo suyo. Te conté que deseaba dormirme y no despertarme, o hacerlo dentro de un mes, de un año, de una era. En otro cuerpo, en otra galaxia. Yo con veintidós años y tú con sesenta y cinco. Podrías haberme dicho que tengo toda la vida por delante y que tú ya has perdido mucho de lo que te dio. Pero no me lo dijiste. Me aceptabas. Me entendías. Escuchas y miras de una forma que hace sentirse bien. Me diste el teléfono de tu psicólogo. Y un abrazo. Los dos nos sujetábamos la tristeza como un pecado. “Perdona”, me dijiste, “Un hombre ¡y con la lágrima tan fácil! Pensarás que soy una viejo chocho”. “Perdona tú”, respondí, “dirás que tenía que estar cuidando mi hijo en lugar de estar aquí, en el loquero, dando pena a un desconocido”.

No tener ganas de vivir. Eso se le puede contar a poca gente, parece que les suben hormigas por las piernas al escucharlo. No saben qué decirte. Y, si creen que lo saben, es peor: te lanzan como piedras esos “anímate”, “la vida es muy bonita”, “piensa en los que están pasándolo peor que tú”, “sé fuerte”…que te hacen sentir raro, egoísta, cobarde, caprichoso. Culpable. La culpa de no aceptar el único regalo de verdad: la vida. De no saber por qué. Gracias a ti encontré un psicólogo, una luz para salir de esa cueva. Y entonces ir entendiendo que no es debilidad, pereza, ni capricho. Que hay motivos. Que hemos perdido mucho. Que tenemos heridas. Y, si hay motivos, los aceptemos o no, los entiendan o no los demás, hay un modo de salir de la cueva. Una esperanza.

Cosas que hemos perdido. Que nos dejaron vacíos. Tú, tu trabajo y tu salud. Yo tuve que dejar la Universidad de Enfermería con veinte años, porque me quedé embarazada. Sentí que había perdido mi futuro. Y mi presente; divertirme, salir, estudiar, trabajar, viajar, como hacían otros jóvenes. Perdí el control de mi vida. Las cosas me ocurrían, encadenadas, como si yo no tuviera poder para decidirlas, para evitarlas, para hacer que ocurrieran. El padre de mi hijo y yo no resultamos como pareja; una nueva herida, perder su amor. Al menos tenía a mis padres, que me han ayudado en todo, que se ocupaban del niño esos largos días en los que yo no dejaba de llorar y solo tenía fuerzas para desear desaparecer y pensar en cómo hacerlo. Pero la cruz era mi padre recordándome lo mal que había hecho las cosas, y mi madre suspirando que las dos teníamos muy mala suerte en la vida y que, contra eso, no hay remedio.

Y, ¿sabes lo peor?: Que perdí el amor que me tenía a mí misma. Me daba vergüenza estar con otras personas, hablar, pedir, discutir, opinar. Me alejé de mis amigos. Cualquiera era más listo que yo, que tenía una vida a la deriva. Cualquiera era mejor persona que yo, que deseaba salir a bailar en lugar de tener que criar a un hijo. Cualquiera tenía derecho a ser feliz, menos yo, que no había sido capaz de mantener el amor de mi pareja. ¿Hay mejor forma de atraer la mala suerte que pensar que uno se la merece y que no tiene poder para construirse una buena? ¿Cómo vas a hacer un esfuerzo tan grande por alguien a quien no quieres lo suficiente?

No te estoy recordando todo esto para hacerme la víctima, otra vez, sino para contarte que fui a tu psicólogo, y que me ha ayudado a comprender quién tiene el control de mi vida: nos son mis padres, ni mi ex, ni mi pequeño, ni la universidad. Ni siquiera la mala suerte, si es que existe algo así. Solo yo tengo el control de mi vida. No lo he perdido, me faltaba desearlo, porque para querer hay que convencerse de que se puede y de que se merece, no porque te lo diga un meme en el wassap, sino porque alguien te ayuda a saber cómo, y comienzas a dar pasitos y ves que avanzas. Aunque a menudo avances dos y retrocedas uno. ¿Qué tal llevas tú ese camino? No sé si, como a mí, hay momentos en los que deseas volver a la cueva y lamerte las heridas en el consuelo de su oscuridad. Pero ahora trabajo todos los días por conocerme mejor, por quererme y perdonarme, por darme permiso para equivocarme, por buscar  cosas que me den alegría, por admitir que tengo el futuro por delante. Estoy haciendo un curso de auxiliar de clínica por internet, salgo en bici con mi niño en la sillita, me he apuntado a un club de lectura. Controlo la dirección de mi vida. Y eso me hace desear vivir de nuevo, para saber (y decidir) qué hay más adelante.

Por todas las cosas que perdimos

Autora: Loren Fernandez

Buenos días, Sara.

Claro que me acuerdo de ti. Nos conocimos en la consulta del psiquiatra, en un momento muy frágil para los dos, y me alegro: parece que nos vino bien. A ti, si te hablé de mi psicólogo y has encontrado en él quien te guiara para salir de tu cueva. A mí, porque echo de menos ayudar a otros, y me hincho como un pavo con lo que dices sobre mi manera de comprender y de apoyar. Ese era mi oficio, me dediqué durante cuarenta años al trabajo social, hasta que mi cuerpo dejó de tener la misma energía que mi carácter.

Tardé en aceptarlo. Hace cinco años me diagnosticaron una artritis reumatoide, degenerativa. Me sonaba a enfermedad de viejo, y yo no lo era. Así que no estaba dispuesto a dejar que me anulara. La realidad es que no podía andar doscientos metros sin sentirme reventado, ni pegar ojo a causa de los dolores, pero hice lo imposible por recuperarme y por seguir mi vida como si tal cosa. Todo fue inútil. Mi enfermedad se aceleró y dos años después tuve que pedir la invalidez.

Inválido y con una enfermedad de viejo, apartado del trabajo que había sido toda mi vida.  Intenté no hundirme, aprovechar para cuidar mi salud y descansar, porque mi trabajo había sido muy estresante. Pero, como en aquella novela en donde la nada va devorando poco a poco el reino, el vacío iba creciendo y devorando mi pasión por la vida. Antes me levantaba pensando en cómo motivar a algún grupo de adolescentes conflictivos entrenándoles para correr, comía discutiendo con el concejal las subvenciones para los campamentos de los niños sin recursos, me acostaba maquinando el nuevo proyecto sobre tolerancia en los institutos; todo lo que me movía y me hacía sentir vivo, útil, vibrante, había desaparecido. ¿Para qué servía levantarme ahora, si con eso no ayudaba a nadie ni me iban a echar en falta en ningún sitio?

Volvía a menudo a mi antiguo trabajo, para ver a los chicos y meter las narices en las dinámicas que llevaban mis compañeros. No podía evitarlo, aunque eso no les hacía bien ni a ellos ni a mí que, de vuelta a casa, sentía crecer el vacío. Incluso me culpaba por no estarles ayudando y, como realmente no podía hacerlo, me culpaba por estar enfermo. Algo habría hecho mal. Que el médico afirmara que mi enfermedad era genética no me convencía. Ni resultaba un consuelo, porque significaba que tampoco iba a mejorar ni volvería a tener el desahogo del deporte. Así que me hice adicto a la Teletienda, las apuestas, y a la bollería industrial.

Sí, sí, ahora me río, igual que te estarás riendo tú, imaginándome con mi chandall high tech comprando batamantas desde el sofá. Pero fue duro verme así, rellenando los huecos de mi vida con tristes adicciones. Me envenenaba, porque sentía rabia, y no solo contra mí, sino contra los médicos, incapaces de curarme; contra mis compañeros, porque consiguieron llevar adelante todos mis proyectos sin mí; contra tanta gente a la que había ayudado y que parecía no recordar ni mi nombre.

Sara, eres tan joven que tal vez no sepas que la vida es un cambio tras otro, y que esos cambios suponen muchas veces pérdidas. Espéralas sin miedo. Casi siempre perdemos algo para crecer y poder pasar a la siguiente etapa, aunque a veces no lo entendamos. O no lo aceptemos. El duelo por la pérdida es humano, inevitable, necesario. Yo sentí un vacío parecido a éste cuando murió mi madre. Tenía solo quince años, mi mundo tal como era hasta entonces se desmoronó y me resistía a aceptarlo.

Por qué a ella. Por qué a mí. Entonces, para convertir ese dolor en algo útil, decidí ocuparme en un trabajo que ayudase a los demás. Pero ahora, aunque soy un hombre luchador, este nuevo duelo se iba alargando más de lo normal. Era incapaz de llenar ese vacío con nada; o de desear hacerlo. Comprendí que no era capaz de superarlo solo. De superarlo como yo entiendo que hay que superar las cosas: sin convertirme en un comprador compulsivo o en un amargado. Por eso fui a terapia.

Tozudo, pero no cobarde, después de mucho resistirme mi psicólogo me ayudó a comprender que nunca volvería a trabajar en Servicios Sociales ni a correr una maratón. Lo acepté de verdad, no solo para que pensase que soy un tipo listo. Hasta ese momento parecía como si no aceptar mantuviese la esperanza de recuperar lo perdido. Pero solo mantenía el sufrimiento. En terapia también terminé por reconocer que mi trabajo había tenido muchas satisfacciones, pero también muchos momentos duros, frustraciones, enfrentamientos, ansiedad. Que podía buscar otras formas de colaborar con la sociedad y de relacionarme, simplemente por el placer de hacerlo, sin la presión ni la responsabilidad de antes.

Ahora colaboro por internet con varias ONG. También he hecho amigos así y, entre nosotros, alguna amiga que tampoco corre maratones, pero me hace sentir como si volviera a ser un adolescente. Un adolescente dolorido y reumático, pero ilusionado.

Un día tenemos que volver a vernos y hablar de todo esto, como cerrando una etapa. Un funeral por todas las cosas que perdimos y una fiesta de Año Nuevo por todas las que están llegando.

Una pareja como las demás

Autora: Loren Fernandez

Ilustraciones: Alicia Pérez

 

Cada mañana a las siete en punto, cuando suena el despertador, Raúl y Rosa se desperezan y se levantan en silencio. Procuran no estorbarse en la ducha ni quemar el uno las tostadas del otro. Algunas mañanas, en la oscuridad del amanecer, Rosa llega a echar de menos aquellas discusiones, cuando cada uno se enteró de que el otro tenía un amante. Por lo menos, aquella rabia parecía una lucha por mantener algo entre los dos, una necesidad de hablar, una esperanza de comunicarse. O de intentarlo.

Raúl, en cambio, cree que no discutir significa que las cosas van bien. Él dejó a su amante, después de todo nunca la quiso como a Rosa, solo buscaba el sexo que no tenía en casa y llamar la atención de su mujer. Quiere creer que Rosa ha hecho lo mismo. No ha vuelto a preguntárselo, solo saca el tema si Rosa se enfada porque él no llega a casa a tiempo de ocuparse de los chicos; usa el reproche como un arma, no como una pregunta o un reconocer y averiguar si algo no funciona. Por eso la idea de ir a terapia no le gustó. Piensa que la gente da demasiadas vueltas a las cosas, que la vida es como es, que ninguna pareja es perfecta y que nadie puede cambiar. Ir a terapia individual ha sido una tarea cansada e inútil para él, a la que solo se ha prestado porque Rosa no estaba dispuesta a continuar en la misma situación. Y ¿qué situación es esa? Son una pareja como las demás. A su alrededor, casi todas funcionan así. La rutina lleva al aburrimiento en la cama, a que no tengan mucho de qué hablar porque se lo han dicho todo en veinte años juntos, a salir poco porque la comodidad atrapa. Es culpa de la edad y de la costumbre. Y la rutina le da a Raúl, si no alegría, una seguridad que para muchos es la única felicidad real, posible. Los dos cumplen con los hijos, la economía, la casa. El sale una vez al mes con los compañeros de fútbol; cuando ella quiere salir, tampoco le pone pegas. Y le ha perdonado su infidelidad ¿Qué más quiere Rosa? Después de la terapia de pareja, les aconsejaron ir a terapia individual. Entonces Raúl ya no se sintió molesto, sino amenazado. Cuestionar su vida junto a los que más quiere. Su seguridad y su rutina. Pero no tuvo más remedio. Hoy será la quinta sesión y su inseguridad ha crecido.

-¿Nos vemos luego en terapia? –se despide al salir de casa, con un beso en la mejilla. Siempre la lejana esperanza de que ella diga que no.
-Allí nos vemos, Raúl –responde Rosa, con una vaga sonrisa.

La quinta sesión. Durante todo el día Rosa piensa en lo que va a ocurrir de ocho a nueve de la tarde. En si está segura de estar segura. También piensa en otras cosas, claro: si los chicos se habrán llevado la comida al instituto, si dejó el dinero para la asistenta, si le aceptarán en la junta el nuevo proyecto en el que tanto ha trabajado. En que no va a salir a comer con Roberto, su amante. Quiere pensar. Escucharse. Sentirse. Sin interferencias. A solas con sus propios miedos. Lo que decida, hacerlo por y para sí misma.

Durante un tiempo Roberto parecía la solución. Continuar su vida rutinaria con un marido que salvara la seguridad de sus hijos. Disfrutar una vida secreta con Roberto en la que sentirse mujer deseada, amiga escuchada, hasta niña con derecho a reír sin preocupaciones. Pero la carga del miedo y de la culpa por su infidelidad fue un nuevo peso. Y enamorarse de Roberto, y pensar que otra vida era posible, abrió una brecha aún más grande.

Cuando empezó la terapia no buscaba ahondar la brecha, sino curarla. Que su psicóloga le dijera cómo soportar esos días tristes e iguales, el que sus hijos hubiesen crecido y su vida se limitara ya al trabajo y a un marido con quien no tenía sexo, comunicación, aficiones en común, ni risas. Aún no tenía cuarenta años, la idea de que el resto de su vida fuese siempre igual le angustiaba. Fue a terapia precisamente para aprender a soportar esa angustia. Recordaba muy bien su tristeza de niña, cuando sus propios padres se separaron; sufrir que cada uno de ellos la utilizara para atacar al otro; tardes sola en casa de uno o del otro, como una especie de nómada despistada; nuevas parejas de su padre o de su madre a las que detestaba. No quería eso para sus hijos.

Hoy Rosa irá a casa por la tarde, con la excusa de recoger a su hija de kárate y a su hijo de natación y de decirles qué hacerse de cena, por si Raúl y ella regresan tarde de terapia. En realidad, necesita volver a verles. Esa noche puede que haya cambiado todo, quiere verles tal como son aún, antes de que caiga sobre ellos la noticia de que no serán ya la misma familia de siempre. Mientras les lleva de acá para allá, entre el tráfico, la lluvia y las prisas, recuerda todo lo que ha trabajado estos meses contra la idea de que va a hacerles daño. Intentar perder el miedo. Darse el derecho a su propia vida. Aunque su pareja se rompa, sus hijos seguirán siendo sus hijos. El domingo tal vez podrían ir los tres a la sierra, a Raúl no le gustaba salir los fines de semana. Sus hijos podrían descubrir a su madre de verdad. Y ella disfrutarles más. Si fuese más feliz, no tendría esa cara de perros regañando al chico porque ha entrado en el coche con las botas embarradas, y aguantaría con más paciencia esos cambios de humor y esas camisetas con el ombligo al aire invernal de su hija.

Rosa también tuvo esos terribles catorce años. Fue entonces cuando conoció a su mejor amiga, Carmen. Por asociación de ideas, recuerda ahora lo mal que lo pasaba Carmen: sus padres discutían y se herían constantemente. Eran una de esas parejas como las demás, que se aguantan por obligación y por no hacer sufrir a sus hijos; los padres de Carmen nunca se atrevieron a divorciarse, siguen hiriéndose día a día y haciéndola sufrir veinticinco años después. Rosa mira por el retrovisor y sonríe, viendo las siluetas frágiles de sus hijos entrar en casa y recordando aquellas niñas que fueron Carmen y ella. El miedo se va deshilachando, como el agua que retiran pausadamente los limpiaparabrisas, hasta permitirle ver con claridad cómo el semáforo se pone en verde. Ya son las ocho menos cuarto.


Raúl mira de nuevo el reloj. Son casi las ocho, no quiere llegar tarde y que el psicólogo piense que lo hace a propósito. A Raúl no le gusta hablar, expresar lo que siente, ahondar en problemas que, hasta el momento de encararlos, para él no parecían existir. Pero nunca ha huido: sabe estar en un lugar. Ha sido un martirio para él ir a terapia de pareja, pero ha cumplido y, al final, ya lo decía él, siguen como al principio o peor.

¿Realmente peor? Contra su voluntad, admite que algún paso han dado. El no va a cambiar. Pero ahora reconoce que Rosa no es feliz y que no va a serlo con él. Contra su voluntad, durante esta semana se ha ido abriendo paso en su mente la idea de que tal vez, él tampoco se sentía feliz. Y de que hay otras vidas posibles. Se le hincha la vena de la frente cuando piensa en lo que puede venírsele encima apenas dentro de una hora. Pero, después de una época muy difícil, él también podría ser más feliz. De hecho se ha pasado la mañana haciendo cuentas. De cuánto pierde y cuanto gana. El es muy práctico, pero no ha hecho balance solo acerca de las cuentas del banco y los inmuebles, y los hijos, y los recuerdos. También hay un saldo de horas vacías, de desconfianzas, de soledad acompañada, de cuerdas que hace años dejaron de ser maromas con las que ayudarse a tirar en la misma dirección, para convertirse en ataduras.

Rosa está en la puerta de la consulta, cerrando su paraguas. En dos zancadas, Raúl se pone a su lado. Se miran un instante. Ella no dice nada, porque tiene un nudo en la garganta. Él le pone la mano alrededor de los hombros y la empuja levemente.
-Vamos.

Esconderse del dolor

Autora: Loren Fernandez

          Nacional VI. Ocho de la tarde. Elena siente que está a punto de suceder de nuevo. Las pupilas se le han dilatado, no puede ver la carretera con claridad. El corazón se le desboca con una taquicardia que le ahoga. Las manos le sudan y le tiemblan, inseguras, sobre el volante. Se marea. Siente que ha perdido el control de su cuerpo, que podría estar teniendo un infarto, desmayarse o perder la visión de la línea continua y estrellarse contra el quitamiedos. Pero teme que, si se detiene en el arcén como le han aconsejado, podría ocurrir algo aún peor. Algo sin retorno.Le gustaría cerrar los ojos y que el peligro y el miedo desaparecieran. Esconderse, asustada, detrás de las cortinas, como cuando tenía tan solo cuatro años y vio discutir a sus padres, desnudos y gritando, haciéndose daño de verdad. Nunca pudo hablar de ello, A partir de entonces aprendió a callar, a esconder todo lo que fuera incómodo, malo o angustioso. Imaginó que si se volvía invisible, sorda, ciega, aquello no estaba ocurriendo. Y, a partir de entonces, todo fue bien. Tal vez.

 

Ilustración: Sila Herrera

 

Pero ahora no puede esconderse. Veinte años evitando sufrir, hasta que la ansiedad y los problemas la enfrentan a la vida, quieren obligarla a salir de detrás de las cortinas. La carretera es un peligro real, un peligro ante el que está sola, sin el amor de su padre ni la serenidad de su madre ni la seguridad de su novio, Luis. Tiene que esforzarse para ver la carretera y escuchar los movimientos de los otros vehículos. No puede volver la vista hacia los campos verdes ni escuchar el bullicio del vuelo de los vencejos. Como entonces, pequeña y escondida detrás de unas cortinas, cuando se obligó a no ver lo feo.

Otra vez ese recuerdo. Ya se lo imaginaba. Iniciar otra terapia no era más que volver a contar aquello a otro sabueso que escarbaría en sus recuerdos, removiendo la basura para que apestase de nuevo y ensuciando lo hermoso: La casa de Tarifa, salir libre, divertirse; su madre que siempre sabe lo que hay que hacer, serena y alegre. La inmensa finca de su padre; ser su nena linda; sus abrazos, sus caprichos, su atención, siempre satisfechos. El amor de su novio. Ahora todo se mezcla con discusiones que nunca se explicaron, escenas negadas, sonrisas de conveniencia, mentiras silenciosas y silencios como cortinas opacas. Los recuerdos se mezclan, se renuevan, se ensucian con miedos, incertidumbre, sospechas, y le oprimen el pecho sin dejarla respirar. Vivir.

Aunque el pecho ya se le hundía en la ansiedad y el descontrol antes de que la terapia volviera a remover lo que estaba tan cansada de remover. Y este terapeuta iba desgajando las capas con mimo. Pero ¿de qué iba a servir aquello? ¿Tal vez para ver a su padre con ojos turbios? ¿Para cuestionar a su madre? ¿Para terminar con su novio una relación que quizás solo fallaba por culpa de sus propios celos? Abrir los ojos y detenerse en el arcén. Siempre le ha parecido lo más difícil.

Ahora no hay otro remedio.

La carretera se vuelve una borrosa franja gris recorrida por estelas de colores. Elena suelta el pie del acelerador. Se concentra. En el presente. Controla la respiración como le ha enseñado su terapeuta. “Venga, Elena. Ahora necesitas los ojos bien abiertos”, se dice a sí misma. Da el intermitente derecho y se va aproximando al arcén. Los coches pasan a su lado dejando un golpe de viento que hace vibrar la chapa de su refugio. Abandona los brazos y la cabeza sobre el volante. Respira profundamente. Y llora. Hasta que va serenándose. “Tengo derecho a sentirme así. Tengo derecho a sentirme. Y lo puedo controlar”.

Solo quería un remedio, una pastilla, una fórmula mágica, algún tipo de delicada microcirugía, para que esto no le volviera a ocurrir. Si le sirviese la marihuana como a su madre, sería feliz. Si le sirviese convencerse de que Luis le es fiel para estar segura de que no la abandonará, sería feliz. Su terapeuta le había dado consejos para controlar la ansiedad: llevar un registro de sus desplazamientos para confirmar cómo se siente antes y después y si ocurre algo en el trayecto. Controlar la respiración. Llamar a Luis si ocurre algo. Si ocurre esto.

Luis. Pero Elena está ahora reviviendo cómo esta mañana Luis colgó inmediatamente el móvil, con un gesto de sobresalto, cuando ella entró en la habitación “Era alguien que se ha equivocado”, explicó. “¿Será la misma que se olvidó la compresa en tu coche?” le dijo ella. Y, casi inmediatamente, se arrepintió. Comenzaron los gritos, las acusaciones de celos infundados, los desprecios. La sensación de que Luis va a abandonarla si no es capaz de controlar sus emociones. De no saber qué es real y qué se inventa ella. O él. De estar volviéndose loca.

Le habría gustado entonces tener unas cortinas largas y tupidas detrás de las que esconderse, hacerse muy pequeña, cerrar los ojos. Ser ciega. Invisible. Pero ahora está en el arcén de una autopista, los coches pitan y dan las luces al pasar junto a ella, recordándola que no es invisible. Y que aún está en peligro: podrían chocar contra ella; comienza a anochecer.

“Tengo derecho a estar aquí, ¡me siento maaal!”, les grita con rabia. El corazón vuelve a acelerarse. “Controla, Elena, controla. Tienes derecho a estar aquí. A sentirte como te sientes”. No, no va a llamar a Luis. Está segura de que la ayudaría. La ayudaría a salir de una autopista y de un ataque de ansiedad. Pero no la ayudará a abrir los ojos para que nadie tenga que volverla a sacar de una crisis. Unas cortinas que se cierran. Una autopista. Una sospecha. Una cadena interminable de mentiras.

“Tengo derecho a estar aquí. A reconocer cómo me siento”. Eso dice su terapeuta. Abre el bolso, saca un pañuelo de papel, se suena y lo lanza al suelo. Ahora saca el móvil y busca un número que no es el de Luis. Una sonrisa se refleja en el empañado cristal mientras pulsa el botón de llamada. El teléfono da señal. Elena respira profundamente. Controla. Salta el contestador.

“Hola, soy Elena. Ahora estoy en un pequeño apuro, pero no te llamaba por eso. Era por si podías volver a darme la cita de los jueves, la que anulé. Estoy dispuesta a mirar detrás de las cortinas”.