Psicoterapia – Territorio conquistado

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Autora: Loren Fernandez

TERRITORIO CONQUISTADO

La mujer parece encogida en el sillón de la consulta, como si temiera molestar cada vez que

 se mueve. No puede quejarse de su vida, dice. Tiene trabajo fijo, unos hijos adolescentes que no dan problemas, unos padres que aún se valen por sí mismos, buena salud para sus cuarenta y cinco años. Y un matrimonio sólido, de veinte. Pero ella se siente derrotada. Vacía.

Le cuenta al psicólogo que a veces se mete en la cama después del trabajo. Sin comer, tan cansada que ni hambre. Agotada por dentro. Como un limón sin zumo. Cuando oye abrirse la puerta de la calle se siente mal, por no alegrarse de la llegada de su marido.

-¿Otra vez en la cama?- dice él- No me gusta verte así, no tienes motivos. No haces ningún esfuerzo por animarte. ¿Para qué estamos pagando un psicólogo?

En esos momentos, la mujer piensa que en lugar de gastarse el dinero en terapia deberían comprarse el coche nuevo que su marido dice que necesitan. A veces no sabe qué piensa ella, qué piensa él.

-¿No tienes derecho a gastar dinero en sentirte bien? –le pregunta el psicólogo.

La mujer se encoje de hombros como si todo diera lo mismo.

-No soy una buena madre, una buena hija, una buena esposa. Es simple, soy una loca egoísta. Si yo no existiera, ellos serían más felices.

-Eso que dices suena muy fuerte ¿Por qué no eres una buena madre?

-Uf, por mil cosas. Por ejemplo, cuando el niño era pequeño mi marido se levantaba por las noches más veces que yo. Le parecía muy raro, él pensaba que las madres tenemos un instinto que nos hace despertarnos cuando nuestros bebés lloran y acabé pensándolo yo también. No tengo ese instinto.

-Eso parece una idea particular de tu marido. ¿Tú piensas que tienes que estar programada para escuchar llorar a tu hijo por ser mujer? ¿No es posible que hagas otras muchas cosas buenas por ellos?

La mujer calla. Lleva tres meses en terapia. A estas alturas es consciente de que rumia demasiado lo que hace mal y suele olvidar lo que hace bien. Pero aún le cuesta decir cosas buenas de sí misma. Encontrarlas. Aceptarlas. Sobre todo cuando su marido no las valora. Y no es que no le diga en ocasiones lo guapa, lo lista, lo trabajadora que es. A lo mejor es ella quien se pasa de sensible, piensa, si le duele que en una reunión su marido se burle porque están hablando de un político y ella lo confunde con un futbolista. Su marido es muy gracioso, nadie se toma a mal sus bromas.

-¿Y por qué no ibas a tener derecho a que te sentara mal? ¿Has intentado decírselo?

La mujer se muerde el labio y afirma levemente con la cabeza.

-De todas formas –contesta-, cada vez me apetece menos salir, me aburren esas reuniones, no sé de qué hablar ni con quién, son todo amigos o compañeros de él.

-¿No tenéis amigos comunes? ¿No sales nunca con amigos tuyos?

La mujer tarda un poco en responder. A veces le cuesta entender cómo ha llegado a ciertas situaciones. O encontrar razones para justificarlas. Para justificar al hombre.

-Quedaba con un grupo de amigas, algunas divorciadas y, bueno, yo no pegaba ahí mucho, tiene razón mi marido, están un poco locas y siempre criticando a los hombres. Con mis amigos de cuando el instituto, salíamos juntos las parejas, pero mi marido estaba celoso de uno que fue novio mío; es normal que esté celoso, me quiere mucho –Calla un momento, como esperando una opinión. Suspira-. Echo de menos a mis amigos, hace treinta años que nos conocíamos, pero no me compensa si mi marido se siente mal. Después de todo, si antes pasábamos las vacaciones con ellos, ahora reserva un viaje romántico para los dos.

Una aguja y un bálsamo. Pequeños pinchazos, horadando la piel que se vuelve insensible poco a poco.

-Entonces, ¿a qué te dedicas, cuando tienes un rato libre para ti? Nunca hemos hablado de tus aficciones, esas cosas que te gustan o que sabes que se te dan bien.

-¿Un rato para mí? ¡Yo no tengo de eso! Quise hacerme voluntaria de la Cruz Roja. No pude ni terminar el cursillo. Mi marido me llamó por teléfono y me dijo que la niña tenía fiebre y que más valía que se ocupase de mi familia que de unos extraños.

La mujer sonríe para quitarle importancia, pero no puede evitar las lágrimas al borde de los ojos. Lágrimas de rabia o de vergüenza. No lo sabe muy bien. Porque le da vergüenza sentir rabia. O, tal vez, ahora que lo cuenta se hace consciente y le da rabia sentir vergüenza. La atención de otro, que le ayuda a escucharse. La mirada del otro que le ayuda a ver.

-Parece que eso te dolió –dice acercándola un pañuelo-. Y es algo muy bonito ese deseo tuyo de ayudar a los demás. Me contaste que tu marido jugaba al tenis. ¿No podrías explicarle que tú también necesitas hacer algo?

-¡Uf! –La mujer se seca los ojos- Ya no tengo fuerzas para discutir. Él comienza a levantar la voz, y yo a dudar de mí misma. Y luego viene ese no escuchar, como si hablara con la pared, y la mirada tan parecida a la de mi padre, y el silencio como un cuchillo. Y la cara que me pone…como si no le quisiera a él ni a mis hijos.

-Pero tú sabes que los quieres, ¿verdad? Y si te permites quererte más, si estás más a gusto contigo misma, ¿no será mejor para todos? Si algo te duele y te hace sentir mal ¿No tienes derecho a pelear para que sea distinto?

-¿Y qué voy a hacer? Una no va a divorciarse porque su marido le levante la voz si se queman las lentejas. O porque no le pregunte por el bultito en el pecho. O porque ve que le entra el mensaje de otra mujer en el móvil y la llame histérica si pregunta quién es.

-¿No tienes derecho a negarte a que te traten mal?

La mujer levanta la cabeza y arquea las cejas. Enumera con los dedos:

-Mi marido me quiere. Nunca me ha puesto la mano encima. No se emborracha. Adora a sus hijos, trabaja mucho, pasa la aspiradora, me lleva a cenar algún sábado. No sé por qué le das tanta importancia a lo que te cuento. Ni que fuera una mujer maltratada.

-¿Estás segura de que no lo eres?

Entender que ha ido dejando que su marido conquistara todos los territorios de su vida, una guerra de sumisión, un maltrato sutil, tal vez sin voluntad de hacer daño, pero que ha conseguido anularla. Colonizarla. Y ahora tendrá que reconquistar esos territorios uno a uno. Será duro y será lento. Pero comienza a entender que esa colonización es lo que le tiene molido el ánimo y el cuerpo. Así que no tiene mucho que perder. Solo es un cambio de batalla. De estrategias: las que aprende en terapia. Sentir que el desprecio del hombre no hiere tanto, si ella sabe que no lo merece. Liberarse, como un país sometido.

De vuelta a casa, la mujer se ha echado en la cama para descansar y pensar. Oye abrirse la puerta de la calle. Es su marido. Ella hubiese preferido que llegase hoy más tarde. Pero ya no le crea confusión ni culpa ese sentimiento. Algo ha cambiado y ya no podrá volver a ser como antes. A veces aún por fuera, pero ya menos por dentro.

-¿Otra vez en la cama? Yo creo que ir ese psicólogo te está poniendo peor.

El hombre se sienta en la cama, hace una caricia a la mujer en el pelo, la besa, suspira con disgusto. Se desata los cordones de los zapatos mientras dice:

-Al menos irás a por los chicos al instituto, ¿no? Te conviene salir. ¡Ah! Y a la vuelta compra leche, que no te has dado cuenta de que se ha terminado, cabecita loca.

Podría pedir al hombre que fuese a recoger a los chicos a ese instituto de las afueras en el que se empeñó en matricularles, o que se compre él la leche que desayuna. Podría. Puede.

-Cariño, hoy vas a tener que encargarte tú de eso. Tengo que hacer una tarea que me han mandado en terapia. Si no la hago, estamos tirando el dinero. Seguro que lo comprendes.

Tal vez el hombre no lo comprenda. Pero la mujer ha dado el primer paso fuera de la trinchera. Y eso lo comprenden hoy los dos.